
Terminé de pintar la casa de Barbie de mi hija. Mientras lo hacía pensaba que no habría otra oportunidad, que gracias a ella y mi otro bebé, de revivir esa parte de mi infancia.
A medida que vamos creciendo vamos reprimiendo la espontaneidad y la creatividad (o genialidad) infantiles. Nos vamos estructurando de acuerdo a lo esperado socialmente pero la contra es que perdemos percepciones creativas frente a los problemas. Veamos en los niños; frente a un conflicto tienen una salida creativa con la cual eliminan el elemento perturbador. Por ejemplo, junto a mi hijo más pequeño estábamos viendo el noticiero y exhibían información sobre un asalto con armas. Ante a ello él dice: “no se deben usar armas de verdad, no se puede matar gente solo hay que usar la pistola de agua”. Es decir, frente a algo que resultaba complejo, violento (y conflictivo), lo resolvió asociando elementos de su mundo cotidiano, de ese modo contrarrestaba lo problemático de lo presentado.
Cuando somos adultos eliminamos de nuestra estructura estas ilaciones creativas y solo buscamos respuestas “coherentes” para las diversas dificultades que enfrentamos así permitimos cercenar las posibilidades de resolución. Ahí comprobamos que somos “vuelteros” y complicados, y solo porque nos fueron limando las posibilidades geniales y espontáneas de nuestra niñez. Aún más, nos vamos alejando intelectualmente y actitudinalmente de los bebés y nenes. “Cosas de niños” es una etiqueta que le ponemos a todo los sin sentido, y para algunos tonto e incomprensible, inmaduro.
La idea positiva ante esto es romper esa coraza que nos convierte en adultos para percibir el mundo desde otras perspectivas, lograr que aún posibilidades locas puedan ayudarnos a afrontar temas cotidianos. Por lo menos, unos minutos por día.
Se dirán, cuánto tiempo hay que dedicarles a los chicos después de un día de trabajo?. Yo creo que el suficiente para verlo reír. Cada etapa es única e irrepetible y lo que nos perdemos de ellos no lo podemos volver a ver y disfrutar.
Volver a jugar es parte de nuestra posibilidad de apertura mental. Cuando niños jugábamos a se mayores, pero cuando llegamos a esa instancia rechazamos todo lo referido a actos infantiles. Los llenamos de juguetes a los que no les dan importancia como cuando les dedicamos atención, y algunos momentos de recreación. Revolcarnos, jugar al circo, bailar diferentes melodías, pintar juntos, jugar a la mancha, y a las muñecas o autitos juntos no es más que ayudarlo a crear un espacio mental de creatividad y salud emocional (y física). Compartiendo juegos con nuestros hijos permitimos aumentar la confianza en nosotros, su sistema autoinmune se incrementa porque a través de la risa y la diversión hay un incremento de endorfinas.
A través del juego canalizan miedos, dudas, angustias, fantasías, comunican su mundo interno, permite elaborar situaciones que no puede manifestar con palabras. Lo podemos experimentar de forma cotidiana. Por ejemplo, cuando jugamos al cambio de roles: mi hija mayor era la mamá, mi nene menor el bebé y yo era mi hija, la forma en que me trataba (como mamá) me permitió ver qué percepción tenía de mi persona y rol. Fue muy fructífero ver cómo cada uno representaba a alguien que tenía base real pero a través de este juego cada uno mostraba elementos que trascendían las palabras porque podíamos mostrar conductas, posturas, palabras, etc.
Conocernos y conocer a nuestros hijos a través del juego es una experiencia enriquecedora. Es por este medio que podemos enseñar valores, cultura o compartir ambas infancias (la nuestra, muuuuuuuuuuuy escondida y reprimida) y la de nuestros niños que, por momentos, desbordada nos muestra un mundo espontáneo y creativo, inocente pero genial.
No hay comentarios:
Publicar un comentario