
La violencia existe desde tiempos inmemorables. Es un fenómeno que acompaña la historia de la humanidad y esta ligada al poder, control y dominación.
Violencia es un acto social, en la mayoría de los casos es un comportamiento aprendido en un contexto lleno de inequidades sociales basado en el género, edad, etnia, etc.
La violencia intrafamiliar es la violencia de la que son victimas una o más integrantes de la familia, pueden ser niños, mujeres o ancianos que son maltratados.
Generalmente la violencia es ejercida por la persona que al interior de la familia detenta el poder y lo ejerce en contra de los más vulnerables. De esta manera mujeres, niños y ancianos son objetos de malos tratos. Se ha ejercido, de un modo progresivo un estilo comunicacional y actitudinal, que avalado por modelos sociales tienden a desvalorizar y cosificar a estos blancos. Y quedan en una posición de sometimiento.
Pudimos experimentar, dentro de una sociedad matriarcal, que las mujeres debían estar en la casa con los hijos y a los hombres se les adjudicaba el rol activo de sostener el hogar. Nuestro primer modelo incorporado fue que los roles predominantes en los juegos han sido: jugar a la mamá, a la maestra, con barbies, etc.
La evolución de la sociedad y la vorágine de la economía mundial ha impulsado a la mujer a ocupar otros roles, trabajar fuera del hogar y la necesidad de tener un nuevo ingreso a fin de sostener el hogar. Pero ello no nos deslindó de las tareas “hogareñas”, cuidar de los niños y de los detalles. A esto se le sumó la presión social de estar lindas y “ajustadas” a una imagen ideal.
Por ello, notamos una doble presión y una violencia comunicacional muy leve pero eficaz de la cual es difícil evadirse ya que las mujeres hemos todo lo posible para competir por la superficialidad y no por nuestras cualidades humanas. Esto no ha hecho más que alimentar una idiosincrasia machista que es fomentada cotidianamente por distintos medios y por nosotras mismas.
La infidelidad, los celos son aceptados y vanalizados en una relación. Aún más, que las parejas sean celosas y puedan ejercer un tipo de presión, aún excesiva, fue percibido como un hecho de “ser cuidadas”. Elementos que fueron sumando y convergiendo en una imagen masculina de poder y dominación.
Las mujeres, también, colaboramos de una forma cotidiana a ser cosificadas. Permitimos que se admire nuestra exterioridad. Apelamos a todos los métodos, aún los más invasivos, para sostener una imagen idealizada de una mujer “perfecta”. La sociedad misma ha alimentado un ideal de mujer insostenible.
La forma de comunicación virtual ha coartado la posibilidad de poder entendernos de forma personal y posibilitamos una distancia que profundiza las discrepancias.
Las instituciones y la justicia ha permitido que la mujer quede como un ser vulnerable y un blanco fácil, ya que no se defienden sus derechos humanos. Acaso, los derechos humanos no contemplan a las mujeres, ¿o las mujeres no somos humanas?. ¿Acaso los derechos humanos solo se reducen a aplicarse a una época cerrada en Argentina?.
La violencia domestica encuentra su origen en la desigualdad genérica, siendo reforzada por la injusticia social, el alcoholismo, las costumbres culturales y el machismo. Se reproduce a través de instituciones sociales, familia, iglesia, educación, y medios masivos de comunicación lo que la convierte en algo “natural” y provoca que la sociedad no asuma responsabilidad alguna ante ella.
Es muy frecuente, dentro de un grupo social que la influencia permita que la imitación lleve a las personas a tener comportamientos similares y comunicaciones que han resultado eficaces en otros hechos. Así vimos cómo se han multiplicado las muertes por género en este último año. Pudimos notar que los discursos concuerdan en varios puntos y la justicia ha obrado a favor de los hombres. En casos de maltrato infantil, de los cuales tampoco hay estadísticas serias, también se observan conductas similares en los que ejercen la violencia.
A nivel judicial, las mujeres, niños y ancianos no parecen tener la importancia como para creer en sus pedidos de ayuda, denuncias, exposiciones o síntomas. Lo más serio es que la violencia se ha institucionalizado y, por ello, se ha naturalizado. No es noticia, no nos conmueve ya que otra mujer muera quemada por su pareja, no nos moviliza que niños sean víctimas de maltratos familiares, o que ancianos sean víctimas de sus hijos o nietos.
Asaltos, salidas bancarias, atracos con violencia, violación de domicilio con agresión y hasta muerte por adolescentes son hechos que son descartados de toda agenda política y social.
Nadie parece darse cuenta que vivimos dentro de un contexto extremadamente violento y no hacemos nada por revertirlo, por percatarse que cada uno de nosotros puede hacer algo por el bien del futuro generacional de nuestros hijos.
Solo parece producir algún tipo de movilización cuando nos toca de cerca.
En la clínica se ve, cada vez más, síntomas y más problemáticas que se vinculan con este estilo interaccional y comunicacional. Entre los niños que poseen un rango de 3 a 5 años se nota un incremento notorio de violencia física y verbal, una falta de solidaridad y conciencia del dolor en el otro. En niñas de 5 y 6 años la anorexia está cobrando muchas situaciones indeseables. Los padres y madres están expresando una falta progresiva de compromiso y desdibujamiento de roles, falta de tolerancia y agresión verbal (y física).
Un Estado ausenta, una Ley injusta y falta de modelos permite que generaciones no hayan podido internalizar valores propios de una sociedad con proyectos, esperanzas y posibilidades de una convivencia soportable.
¿Cuál será el resultado de este monstruo que estamos criando?.
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